Autor: Dimas Cuevas
La agresión al consejero de Cultura de la región de Murcia es, por desgracia, la crónica de un suceso anunciado. La crispación social amparada y potenciada por los socialistas murcianos, a costa de unos recortes que no resisten la comparación con los perpetrados por Zapatero, ha generado un clima de violencia creciente y, lo que es más grave, impune.
Ningún partido político, ninguna organización política debe justificar (y mucho menos potenciar con su presencia) actitudes incívicas y peligrosas para la convivencia. No es de recibo intentar ganar en la calle lo que se pierde en las urnas, entre otras cosas porque la calle es incontrolable y hay ciertos fantasmas que no se pueden alimentar porque acabarán devorándonos a todos.
Yo no me imagino a la portavoz socialista murciana dando una paliza a un consejero del PP, y estoy seguro de que en su fuero interno deplora lo que ha sucedido. Pero si ella acompaña a quien lanzan huevos rellenos de tinta a la ventana de la casa del presidente, si ella grita la primera para reventar un acto público, si ella accede a fotografiarse con quienes insultan a los representantes del pueblo… si ella hace todo eso, ¿no es normal que personas menos preparadas que ella, personas con gravísimos problemas económicos, personas menos ilustradas pero más cabreadas que ella, lleguen a creerse que se ha abierto la veda? La responsabilidad penal de los puñetazos es, por supuesto, de quienes los propinaron; pero hay una responsabilidad política cuya negación sólo contribuirá a empeorar las cosas.
La clase política española está aquejada de una enorme falta de credibilidad…entre otras cosas, por culpa de la propia clase política. No es aceptable que los componentes de un partido se alegren cuando el de enfrente sufre el maltrato de la calle, mientras hacen gala de la sensibilidad de la princesa del cuento cuando les toca a ellos. Debiéramos, todos, reivindicar la dignidad de las instituciones y de quienes las representan o representamos. El primer paso para ello transita por la intolerancia con los intolerantes: ningún representante público debiera acceder a ponerse al lado de quienes vocean, de quienes insultan o de quienes simplemente rompen el orden público. En democracia, el único lenguaje aceptable es el de las votaciones y el de la libre expresión que no vulnere ningún derecho.
Creo que estas reflexiones son doblemente necesarias en unos momentos donde las medidas impopulares -y a veces incluso traumáticas- van a ser el pan nuestro de cada día. Si queremos que el sistema perdure, estamos obligados a dar ejemplo, los políticos primero, de serenidad y de respeto; y, desde luego, nunca ponernos al lado de quienes pierden la serenidad y faltan al respeto.
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